No se porta peor en casa. En casa se siente a salvo.
La maestra dice que su hijo o hija es tranquilo/a, educado/a, que no da ningún problema. Luego cruza la puerta de la casa y se derrumba. Zapatos lanzados por el cuarto, lágrimas por el vaso equivocado, una crisis (meltdown) por un sonido que hizo un hermano o una hermana. Usted se lo cuenta a otras personas y le miran como si exagerara, o como si quizás el problema fuera usted. No lo es.
Esto es lo que realmente pasa. Su hijo/a está enmascarando. Durante todo el día reprime sus respuestas naturales. Sostiene un contacto visual que le cuesta, ensaya lo que va a decir y copia a los niños y niñas que tiene alrededor. Todo para parecerse a los demás en un mundo que no está hecho para su forma de funcionar. Los investigadores lo llaman camuflaje, y agota. Para cuando llega al único lugar en el que confía por completo, que es usted, ya no le queda nada con qué sostener la máscara. El derrumbe en casa no es mala conducta guardada para usted. Es la armadura que por fin se cae.
Este patrón es una de las razones principales por las que muchos niños y niñas reciben un diagnóstico tarde o nunca lo reciben. Muchas veces son niñas, aunque cualquier niño o niña puede tener este perfil. Un niño o una niña que actúa lo bastante bien como para parecer que todo está bien puede pasar años con dificultades sin que nadie fuera de la casa lo vea. Usted sí lo ve. Que usted lo haya notado no es poca cosa. Puede ser lo que cambie toda su historia.